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HACIA UNA CULTURA INSTITUCIONALIZADA |
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Juan Carlos Alarcón |
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| Desde hace poco más de 20 años, en América Latina se fue generando un movimiento democrático ascendente. Las dictaduras militares fueron reculando delante de la presión de la sociedad civil, política y económica.
Este movimiento produjo también una reorganización en los grupos sociales y culturales en sus luchas por derechos esenciales del ser humanos. Los grupos sociales y culturales fueron ganando mayor participación política y económica, y, tanto unos como los otros, fueron renaciendo desde sus propias cenizas como el ave Fénix.. Consolidar la democracia era el objetivo en todo el continente latinoamericano. Pero, ahora, la discusión política pasa por los métodos técnicos de la democracia. |
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El papel que el Estado debería jugar delante de esos movimientos sociales y culturales así como en un equilibrio del uso comunitario del espacio público y la expresión de valores estéticos. La democracia heredada desde la república platónica y la representatividad del voto universal están siendo cuestionadas por esta nueva sociedad, que ya no busca la representación por vía de sus gobernantes sino, que solicita la participación directa en el accionar de los gobiernos. La políticas de Estado ya no son políticas de Estado sino acciones de Estado que deben ir modificándose y adecuándose a las nuevas exigencias de la propia sociedad civil. Hoy los gobernantes deben rendir cuenta desde el primer día que llegan al poder. Hoy se quiere una democracia participativa |
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Esta nueva sociedad le pide al Estado un rol más dinámico y activo en su accionar dentro de cada sectores sociales, y también se le solicita que deje ser solamente el control y regulador de desigualdades, para que se ocupe directamente del espacio político que le corresponde a la propia sociedad y al campo de lo privado. |
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Dentro de esta mutación, la cultura se encuentra pasando por un campo minado de ambigüedad ideológica. Se le pide al Estado que se ocupe desde el acto privado, como puede ser el alquiler de una biblioteca o de una sala de teatro independiente, hasta el mecenazgo institucional para el funcionamiento de grupos culturales que son movimientos de pautas y normas filosóficas y estéticas. De esta manera, la cultura se enquista cada vez más con el poder y la economía dominante. Pero, si tenemos en cuenta que, toda práctica humana que supere la naturaleza biológica es una práctica cultural, más allá de la jerarquizaron del Hombre sobre la Naturaleza, encontramos que hasta el acto de gobernar puede ser cultural. La cuestión de fondo es saber si los hacedores de cultura tienen nuevos referentes o sólo se limitan a recrear métodos y conceptos de décadas pasadas, cuando la realidad era distinta. La realidad no es un elemento abstracto. Una cosa es la realidad, otra cómo se la describe y otra diferente cómo se la enfrenta y cómo se la usa. El proceso de la creación es ambiguo según los intereses de cada sector. Si tomamos la cultura como un conjunto de normas colectivas, artísticas y filosóficas, que sirve para distinguir al individuo de sus pares, y que el artista es un ejecutante de la relación del hombre con la sociedad, observamos que se está pasando a un arte de institución, a un arte de Estado, y con el peligro del empobrecimiento de valores y de estéticas que eso significa. |
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| El artista apolítico no existe. Crear es una conquista social de la vida cotidiana. El artista la atropella, re inventa el mundo en que vive, que respira y que siente. Entonces se corre peligro de terminar separándose de la realidad, del mundo concreto. El artista debe saber que es una entidad política porque participa y se dirige a la sociedad en el cual convive. No es escritor el que escribe un "diario íntimo", es escritor cuando se asume la responsabilidad de mostrar lo que se escribe a la sociedad, las ideas que expone y en el universo que navega. |
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Una creación basada únicamente en el sistema económico de mercado presenta imponderables de reglas coyunturales entre la oferta y la demanda. Buscar el proteccionismo del Estado en todas las actividades artísticas y sociales es quitarle a los movimientos toda su condición transformadora. El derecho público y los intereses particulares de los agentes económicos públicos y privados, terminan por asfixiar cualquier proceso creativo. El arte se transforma así en un arte institucional al servicio de los gobernantes de turno, simpáticos sean ellos, porque la política establece los mecanismos para mantener la clase en el poder. Hoy en América Latina se vive la transformación de sus instituciones y del orden jurídico dentro de economías mixtas, donde el Estado regula, participa y se muestra como un Estado empresario. Tampoco hay un presidente de providencia. El poder presidencial está en permanente cuestionamiento, así como el papel del Estado y la democracia, sin tener en cuenta que la democracia es sólo un instrumento político. Hoy se desconfía de la democracia por la influencia de los grandes medias, el pueblo quiere participar directamente y busca una democracia participativa. La gente quiere ser consultada permanentemente y no solamente estar informada. Sin embargo, siempre supimos que la democracia es imperfecta, ya se vio en sus inventores griegos, así como lo vemos en la actualidad. Los movimientos artísticos también juegan esta carta, pero las elecciones no dan resultados, porque el voto es un acto político que no tiene retorno inmediatamente. Y será necesario que la filosofía se introduzca para buscar un instrumento político como mejor opción de organización política. Estamos viviendo una época de contradicciones y de confusión. Se vive en el inmediatismo, en los intereses individuales y sectoriales que predominan sobre los intereses colectivos. La sensación de injusticia afecta la sociedad y lleva a que cualquier hecho cotidiano se transforme en detonante. Lo vimos en la comunidad teatral con el desalojo de local del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit) en Argentina, donde casi 4000 teatristas de todo el continente pegaron el grito, pidiendo ayuda al Estado, por un acto privado y, hasta en su foro de discusión, se responsabilizaba al Estado por la falta de espectadores en las salas teatrales independientes. Se denuncian la falta de políticas culturales cuando no nos sentimos beneficiados. El sistema de globalización también tiene su culpa. En este sistema globalizado por una ideología neoliberal e intereses de las telecomunicaciones también los grupos artísticos fabrican sus productos para el mercado internacional. Eso afecta la movilidad económica y estética de los productos culturales que se proponen. Mientras se producen mayores desigualdades en la sociedad, en las artes, las desigualdades también quedan tangibles dentro de los grupos artísticos. El Estado es el único que puede regular eso, pero no en el paternalismo institucional sino en la protección contra sus ideólogos liberales y globalizadores, de lo contrario estamos marchamos hacia un vacío ideológico de las artes y la cultura. |
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