Mar del Plata: El puerto en llamas

Didi Cazeres

Entre los problemas graves que puede tener una sociedad está la actitud que lleva a darle la espalda a una parte de su realidad. A veces esto pasó con los hechos del pasado, pero muchas veces pasa en el aquí y ahora simplemente cuando se reniega de una zona, de un sector o de un grupo humano con el que se convive en el mismo espacio geográfico.

Mar del Plata es un ejemplo de esto, un ejemplo que seguramente se repite en muchos otros lugares, en diferentes latitudes donde quizás en vez de playa haya nieve o, simplemente, en cualquier ciudad sin ninguna característica distintiva.

Aquí, en Mar del Plata, la característica es el mar, las concurridas playas veraniegas y el puerto. Pero al llegar a este punto la cosa cambia. Los pintorescos colores de postal son sólo una fachada de una realidad sufriente que lleva años y décadas, y que en los últimos meses llegó a su clímax máximo.

La industria de procesamiento del pescado es el lugar de trabajo de muchos miles de obreros de esta ciudad argentina, pero es la parte menos visible de ella. Cuando su deterioro avanza, retrocede también la economía de amplios barrios locales, y las autoridades los intentan hacer menos visibles. 

Sin embargo, cuando miles de trabajadores empiezan a quedar con sus respectivas familias sin ninguna entrada que asegure sus subsistencias, lo invisible se vuelve visible y, como en este caso, de la peor forma.

¿Cómo puede extrañarnos entonces que gente hambreada salga a reclamar trabajos tan penables cuando el tema es su supervivencia? 

En las antípodas de la situación, vemos que grandes cantidades en pescado salen hacia los puertos europeos desde esta ciudad. 

Muchos empresarios están, en estos momentos, aumentando sus capitales, mientras se ha dejado en total desamparo a quienes fueron los generadores de esas obscenas fortunas fruto de trabajo en negro. 

Otro ingrediente viene a permitir que la ilegalidad sea la norma para quienes pueden decidir sin limitaciones sus abusos, es la complicidad de los políticos de turno que han permitido y siguen permitiendo que ejércitos privados funcionen en sus fábricas y que las fuerzas de seguridad funcionen en las calles para su beneficio.

Hace una semana la represión en la calle fue detenida por que el Premio Nóbel de la Paz, Pérez Esquivel, se hizo presente ante las fuerzas policiales y le hizo bajar las armas que disparaban a mansalva contra una muchedumbre hambreada, desesperada, sin representación sindical y traicionada por todos quienes se acercaron a decirles que iban a ayudarles.

Esa gente no pide beneficencia ni aumento salarial ni mejores condiciones de trabajo, pide simplemente trabajar, pide ser legalizados en sus empleos. Piden el cumplimiento de la ley. 

¡Qué paradoja! Los reprimidos pidiendo que se cumpla la ley mientras las fuerzas policiales protegen a los corruptos.

Pero, ante las elecciones, las campañas políticas siguieron normalmente y los candidatos hicieron caso omiso a esta situación, que trascienden los límites de lo imaginado. Ellos siguen pensando que la población mira para otro lado, ¿pensarán quizás que se puede volver invisible un problema que moviliza a tanta gente por las calles?, ¿pensarán que los empresarios armados que fusilan desde las ventanas a los obreros de la calle deben quedar impunes?

Hace apenas unas semanas un muchacho de 21 años fue baleado mientras manifestaba debajo de una fábrica de pescado. Recibió una bala (de esas de verdad, no de goma) y por unos centímetros podría haberle partido en dos el corazón. Su joven corazón está intacto y sólo espera recuperarse de un balazo dado por pedir lo justo, ni más ni menos.

Alguno de aquellos que tienen el poder de solucionar esto, ¿sabe lo que es sentir que no se tiene nada que perder? Cuando alguien siente eso puede hacer cualquier cosa. Cuando un trabajador no ve salida para llevarles un pedazo de pan a sus hijos es capaz de cualquier cosa.

La respuesta de los políticos es militarizar la ciudad. Caballería, infantería, prefectura, desde hacía décadas no se veía tantas fuerzas de choque, todas juntas, enfrentando a un grupo de personas que sólo pedían trabajar. ¿Es que la nuevas autoridades nacionales harán algo por este problema?