¡Los genios no mueren nunca!

Juan Carlos Alarcón

El día que fantaseé con otro hombre. Siempre me acuerdo de esa anécdota que tanto hace reír a mis amigos. Fue el 19 de junio de 2006, yo tenía dos entradas para ver el ballet de la Opera Bastille. Entonces le pedí que me acompañara a una tierna amiga inglesa que se había expropiado la sonrisa de los ángeles y la música de Wagner en su voz cristalina.

Me acuerdo que la escena estaba oscura y el primer reflector se depositó sobre unos brazos que ondulaban. El escenario era negro con una tarima redonda, roja que sobresalía en lo alto. Al fondo había una hilera de sillas con hombres sentados. La música surgió por todos los rincones de la sala creando temblores en mi cuerpo. Sobre la tarima, un cuerpo humano se ondulaba marcando sin cese el ritmo como si fuese un strip-tease altamente erótico. 

Yo no le distinguía el rostro, sólo tenía ojos para ese cuerpo que era capaz de dibujar el deseo en el aire. Ella estaba vestida con un pantalón negro pegado al cuerpo y cintura baja. Ella no bailaba, su cuerpo tenía un lenguaje propio donde la sensualidad surgía en cada gesto, siempre al ritmo de sus piernas quebradas siguiendo el compás de la música. Por momentos parecía volar como una gacela, por momentos parecía una hoja temblando antes de caer con la última brisa del otoño. 

De pronto dos hombres se levantaron y discretamente se ubicaron alrededor de la mesa y se contagiaron en ese deseo desenfrenado de la mujer. Ella los provocaba; tal vez no los provocaba y solamente los envolvía en su lenguaje corporal del deseo. Yo mismo iba sintiendo como mis hormonas iban trepando centímetro a centímetro sobre cada cuerpo de ese grupo de danza. Entonces dos hombres más se levantaron y se sumaron a ese juego sensorial siguiendo el ritmo, y otro dos más, y luego otros dos más. Ella los envolvía y los atrapaba a todos en sus caricias corporales. Era una diosa pagana que no necesitaba tocarlos físicamente. Ella seguía sobre la mesa y los hombres en el piso. Y sin embargo, ella estaba haciendo el amor con todos ellos, ella los envolvía en ese manto de placer y deseos donde la música entraba por todos los rincones inauditos de los cuerpos. 

¿Era una pintura? ¿Era música? ¿Danza? ¿Quién podría decir lo que era eso? Uno sentía la poesía en cada gesto, en cada paso, en cada caricia sobre el ritmo de la música. Se sentía en el aire que cada centímetro del espacio había sido trabajado con detalles. El cuerpo tiene su lenguaje propio y ella lo había liberando con delicadeza, con frenesí, con todo el electricismo que producen esos orgasmos inolvidables que explotan tanto en el cerebro como en el cuerpo. Ella danzaba, danzaba como una diosa pagana con una coreografía intensamente sexual. 

Fue entonces que le dije en el oído a mi tierna amiga: "con esa mujer yo soy capaz de casarme de nuevo" y ella, con su sonrisa de ángel, me respondió: "se llama Nicolas Le Riche, y es el danzante estrella del ballet de la Opera Bastille". Maurice Béjart venía de presentar su nuevo "Bolero de Ravel", y al final, junto a los 2600 espectadores que estábamos presentes, nos pusimos de pié aplaudiendo enardecidos con nuestros cuerpos aún lleno de escalofrío 

En la versión de 1928 El Bolero de Ravel había sido interpretado por la bailarina Bronislava Nijinska sobre una mesa de cabaret español rodeada de hombres. En la versión de 1977 Béjart había utilizado el cuerpo de la sublime Maïa Plissetskaïa. Pero una vez más él rompía los esquemas poniendo un hombre bailando entre los hombres. Dicen que ese fue uno de los grandes espectáculos del genio de Béjart. Sin embargo había gente que se recordaba cuando en el 1955 Béjart rompía los esquemas del ballet tradicional con la coreografía de "Sinfonía para un hombre solo" sobre la música de Pierre Henry y Pierre Schaeffer creando la danza contemporánea. 

Ahora acaba de morir en Suiza a los 80 años el francés Maurice Béjart ¿Cómo yo no voy a pensar en él que, con su coreografía, me confundió las hormonas?