| Argentina: Cómo y por qué exterminamos a los últimos indígenas |
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Luis Benítez |
El final del siglo XIX en la Argentina es considerado el momento en que se terminaron de conformar las instituciones políticas, se asentó el progreso según el modelo europeo, se extendieron los medios de comunicación, se consolidó una economía agroexportadora, y el país prometía convertirse en una de las naciones más pujantes y ricas de América latina… Desde luego, este camino tuvo posteriormente sus "tropiezos", pero la historia oficial guarda este agradable recuerdo de aquellas épocas. Otra de sus aseveraciones más recurridas es la de que "se pacificó el país". Se omite generalmente mencionar que el eufemismo incluyó la eliminación física de los últimos aborígenes que aún dominaban amplias extensiones de la república.
En 1860, todavía las tribus de ranqueles, pampas, araucanos y sus aliados -no sin periódicos conflictos con la "civilización" que se resolvían a balazos y lanzazos- eran dueñas de extensos territorios que iban desde la Patagonia en el sur hasta la mayor parte de las provincias centrales de la Argentina. Ello incluía la mayor porción de la Provincia de Buenos Aires, rica en pasturas y agua, ideal para la cría de ganado. Se debe tomar en cuenta que solamente la Provincia de Buenos Aires tiene una superficie equivalente a la de Francia y que todo el territorio bajo dominio indio antes señalado, por lo menos cuadruplicaba esa extensión. La pregunta inmediata es: ¿por qué razón la clase dominante esperó tanto para hacerse de un territorio tan extenso como el que estamos señalando? La respuesta es que, desde tiempos de la dominación española y posteriormente, tras la independencia del país, la actividad económica principal no era la explotación ganadera ni la agropecuaria, sino un activo comercio -que incluía el muy lucrativo contrabando- que sólo necesitaba de las riberas del Río de la Plata y el asentamiento administrativo a sus orillas de la ciudad de Buenos Aires para ser ejercido, dirigiéndose el tráfico de mercancías hacia el litoral situado al norte, siguiendo el curso de los grandes ríos Paraná y Uruguay.
En fecha tan temprana como 1833, el estanciero y luego dictador argentino Juan Manuel de Rosas organizó una exitosa campaña militar contra los indígenas bonaerenses, extendiendo ampliamente las fronteras del dominio blanco. Lo había precedido en 1820 el general Martín Rodríguez, al frente de tres campañas contra los indígenas de mediano resultado y el coronel Rauch, en 1826-1827. Cuarenta años después, se imponía terminar el trabajo, liquidando los últimos bastiones. Estos eran principalmente dos: la nación de los ranqueles, al norte de la Provincia de Buenos Aires hasta la provincia de Córdoba, llamada la Confederación de Leubucó, y la Confederación de Salinas Grandes, regida por los araucanos y sus aliados. Al frente de esta última, la más poderosa, se encontraba el cacique Juan Calfucurá, que murió a los 108 años de edad, en 1873, sin que los blancos lograran rendirlo ni ocupar por completo sus territorios.
A partir de 1878, el poderío de Namuncurá y de otros jefes menores fue paulatinamente destruido gracias al empleo de cañones Krupp y modernos fusiles Remington a repetición, en lo que se llamó "la Campaña del Desierto", comandada por el general Julio Argentino Roca. El saldo fueron miles de muertos, 14.000 aborígenes reducidos a la servidumbre y la ocupación de enormes extensiones de tierra productiva, que las principales familias de Buenos Aires se repartieron, consolidando una oligarquía ganadera que regiría al país por varias décadas. Manuel Nanuncurá se rindió en Ñorquín el 21 de marzo de 1884 y falleció en una reservación india del sur del país en 1908, a los 97 años de edad. |