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"De las tantas cosas que no puede
mostrar ciertamente la palabra,
la primera imposible es el olor
tan propio y exacto de las cosas".
"La poesía también es como el aroma".
(Antología poética, de Luis Benítez)
Hace varias noches que duermo con Luís Benítez, si bien nunca le di un apretón de manos ni un abrazo de viento. Leo sus poemas como un oráculo y me sumerge en un aljibe profundo, tomo el vino negro del cántaro de sus páginas, como un mandato hipnótico:
Trae el vino negro.
Esta noche quiero a todos mis fantasmas en las venas.
Ellos despertarán con sus besos,
la gloria, en nuestros entristecidos corazones.
Encima, como si eso fuera poco, me acompaña en las salas de lectura de los ómnibus castellanos, que me pasean irremediablemente por los pinos de Boecillo y la tumba de Cervantes en Valladolid. Y me persigue -en forma de pregunta- su artículo en el número de Café Latino 3 ¿Porqué escribir poesía en el siglo XXI? Y la clave no está en el género literario, que es una formalidad, literalmente hablando…., ni porque se adapte a las metamorfosis del espíritu humano. La poesía, me digo como respuesta, es el espacio de profanación de lo sagrado, que esta al alcance de quien pueda atreverse a despuntar el lápiz de su alma y que no reconoce sacerdotes ni burócratas. O dicho de otro modo, un elogio escrito de la profanación de la experiencia más íntima de la identidad y autenticidad impersonal que podemos tener, en los ensayos de vivirla, escribirla o leerla.
Las poesías de Luís Benítez (al menos eso siento y pienso después de haber leído su Antología poética, de pronta publicación, prologada por Alejandro Elissagaray) son un claro ejemplo de dar coraje a la experiencia como un acceso a eso intransferible y personal, un llamado al héroe que tenemos adentro a aventurarse en ese camino de vida, que pretende espejarla en palabras, emociones y sensibilidades. Los más generosos, en su viaje casi anónimo y heroico, tendrán la compasión Búdica y el amor Cristito de compartirlo, aunque sean las migajas de un aroma infinito.
Algo fluye cuando ya nada se agita.
Y su paso inadvertido por las tinieblas que duermen
con nosotros
trocará en una luz exasperada cuanto de ciega tiene
la miseria.
Desde el fondo, pozo o pantano de números,
donde hostigados por el mundo y sus miles de cabezas
caímos quince lenguas dentro de la carne,
algo que sólo puede tocarse munido de los guantes de
la desesperación,
algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita.
Obliga al dolorido músculo del corazón
y al cerrado hueso de la mente
a comer y beber, aún dentro de sus celdas.
Es una fuerza que nos lleva rudamente de la mano
e inventa un camino de color insólito,
por donde huimos desnudos de los ciegos.
Obediente, ella agitará los párpados de los muertos
y hará huir a la mosca-heraldo, que espera paciente,
colgada de la gula.
Colgará de nuevo el sol, cuando la luna caiga.
Podremos verla latir en medio de nuestras negras
sombras,
aún cuando boquiabiertos, observemos día a día
pasar nuestros propios funerales.
Bajo del colectivo y veo una mujer vallesolitana con una fe ciega en un Santo incomprendido y tres muchachos con una borrachera narcotizante y una botella vacía, montados en las carabelas de la nada. Y Benítez me taladra los sentidos cuando se transforma en pregunta ¿para qué escribir poesía hoy?, cuando lo que más quisiera es el gesto ¿inútil? de arrojar poemas como flores de granadas e invocar a la vez a Witman, Mallarmé, Machado, Paz y Pessoa para desparramar el vino negro y apagar las velas de los falsos santos y embriagar la marcha de los corredores de Wall Steet, en su no tan santa devoción a la catástrofe que producen.
Tal vez, la respuesta a la pregunta de Luis, me digo mientras imagino su papel en blanco, la da él mismo, al final de este último poema
Porque algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita
Finalmente, ¿para qué?
Un amor absoluto,
para el que no existe
primero ni último,
anima estos silencios,
estas ficciones que tan sólo intento
por quitarle a la muerte su soberbia.
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