Generación espontánea

Alicia Cruceira

A treinta años del último golpe militar en Argentina, aún se sigue y, probablemente, se seguirán filmando películas y escribiendo novelas al respecto.

Demasiado horror todavía no fue del todo comprendido y asimilado por las generaciones pasadas, presentes y quizás por las futuras.

Un estratégico plan por destruir la capacidad de pensar, de razonar y de elegir fue pergeñado y llevado a cabo durante 7 nefastos años de oscuridad intelectual y creatividad inerte.

Cuando miro atrás y recuerdo mis años de adolescencia por aquellos días, no puedo asociar esos tiempos con los horrores que descubrí que habían pasado ya en mi edad adulta. Me cuesta comprender tanta miseria humana. ¿Humana? Tanta violencia y tanto odio irracional. Tanto dolor, tanta crueldad. Estoy buscando las palabras que puedan describir aquellas épocas y por más que me enfrasco en encontrarlas, son tan terribles que no aparecen en mi vocabulario.

Mis hijos hoy son adolescentes y a pesar de que toda una maléfica maquinaria se instituyó para programar las mentes de los jóvenes para la más absoluta nada irracional, puedo verlos luchando por un mundo de equidad y de paz social, y descubro con infinita alegría que en sus cabezas hay algo más profundo que crestas de colores fulgurantes, aros y tatuajes llamativos.

Me ilusiona vislumbrar un futuro en donde tal vez no todo esté perdido, en donde sobresalgan mentes brillantes llenas de sueños y proyectos por un mundo mejor, sin hambre, sin armas nucleares, sin la necesidad de asesinar mandriles para prolongarle la vida, por unas pocas semanas a alguien que necesite un corazón humano.

No todo está perdido. ¡Qué bueno! Observo a los chicos que buscaron en el alcohol y la droga una salida y de pronto se dieron cuenta que no les brindaban ninguna y hoy se han hecho "adictos" a llevar alimentos y libros a los barrios pobres para enseñarles a leer y escribir. A pensar y a crear.

También hacen música que no entiendo, no escuchan a Pavarotti, pero redescubren poetas que fueron prohibidos y hoy desempolvan libros y consumen ideas y sueños de otras épocas. Se alimentan de pensamientos que logran llevarlos a la escena cotidiana sin necesidad de la violencia o del odio. Los empuja el amor, la solidaridad y el respeto por la individualidad y la diversidad del otro.

He visto heavies, punkies y "clásicos" empacar juntos y entre risas alimentos no perecederos para enviar al Perú, cuando el desastre.

Los veo preparando un proyecto para abrir un centro cultural para apoyar a los ex adictos que salen de las granjas de rehabilitación y no hallan un lugar en la sociedad para re insertarse.

Me alegra que la tortura, el homicidio, el genocidio no hayan generado más odio, más rencor, más ira, más violencia.

Estos adolescentes sueñan, sienten, piensan por sí mismos y proyectan al respecto. Llevan a cabo, hacen, actúan. No los pueden engañar con nubes de colores, ni espejitos, ni nada volátil que los distraiga de sus objetivos y metas, porque son muy reales y precisas.

Todos deseamos un mundo mejor. Nuestro deber de adultos es saber observar y encontrar este tesoro oculto debajo de crestas, aros y tatoos; y apoyarlos, darles los elementos necesarios para lograr sus objetivos y por sobre todas las cosas, aprender de ellos, que aunque no tuvieron maestros, aprendieron por generación espontánea.