¿Qué hay de común entre la inmigración subsahariana y las organizaciones humanitarias?

Hugo Busso

Vivo en Europa desde hace varios años. He aprovechado las vacaciones navideñas del 2007 para viajar a la región nordeste de Marruecos, al límite con Argelia. Allí, en la ciudad de Oujda, me encontré con dos médicos argentinos que trabajan para Mèdicos Sin Fronteras (MSF), en un programa de ayuda y asistencia a los inmigrantes sub-saharianos. Inmigrantes cameruneses, congoleses, nigerianos que quieren entrar desde Marruecos a Europa, en busca de una vida que suponen mejor. Sin dudas, un problema que preocupa a la opinión publica europea y a las relaciones internacionales del bloque político comunitario. Los inmigrantes clandestinos, presentes en Marruecos (ocho mil personas aproximadamente) que intentan entrar a España, Francia e Italia afectan la sensibilidad de los ciudadanos. En algunos casos, delimitan en cada lado del mediterráneo las opciones electorales democráticas e influyen en las políticas públicas de sus gobiernos.

Si bien conozco esta problemática tanto por testimonios directos de residentes en España y Francia y por los medios de comunicación he quedado impactado por los relatos de la travesía por desierto y tierras extrañas, entre uno y dos años para llegar hasta Oujda. Muchos de ellos son arrestados y llevados nuevamente a la frontera sur de Marruecos, en pleno Sahara. Expectativas e intentos de llegar a su utopía, que dejan un saldo de cerca de diez mil muertos al año. Sea para arribar a Marruecos, o por subir a un barco para cruzar y ahogarse o morir de frío… por lograr subirse a este. También violentados o asesinados por las mafias del tráfico de personas, que ya le sacaron los miles de euros que le cobran para cruzarlos. O directamente por conflictos internos entre ellos.

Sorpresa e impacto que tiene dos aristas. Una, como ya señalé las condiciones infra-humanas de vida durante la travesía de quienes intentan esta odisea. La otra, la de la acción humanitaria y el compromiso que implica a los médicos cordobeses Eliana Olaizola y Jorge Martín, presentes desde hace dos meses en el terreno. Ellos están allí por sus valores humanitarios, que tienen algo universal en su generosidad con su servicio: el hombre más allá de sus diferencias y particularidades, sin fronteras. En medio de este encuentro, les llegó la noticia del secuestro el 26 de diciembre de sus colegas de MSF en Somalia, la médica española y la enfermera argentina. Eliana, a la espera de un bebe, pudo haber ido en su momento a la misión humanitaria en Somalia, tarea muy necesaria, peligrosa y conflictiva en ese país anárquico y anómico. Su destino, por diversos motivos ligados a otras misiones no menos peligrosas y difíciles en Republica Centroafricana, fue Marruecos. Allí asiste a más de mil trescientas personas que viven en los bosques alrededor de Oujda, sin ninguna atención médica, sanitaria ni humana.

La presencia de este tipo de organizaciones a través del trabajo del personal, ha logrado introducir la discusión y el compromiso de los derechos inalienables a ser atendidos si así lo requiriesen. Y en materia de derechos humanos, poner algunos límites y controles a los Estados, las fuerzas militares y policiales involucradas en cada lado del mediterráneo. Esto no soluciona el problema estructural del África. Tampoco las inhumanas condiciones de vidas de los inmigrantes clandestinos con la ilusión de entrar a Europa (hay un 6 % de niños, un 26 % de mujeres, de las cuales el 25 % es violada, otras raptadas y vendidas a 500 euros para la prostitución local, etc.) Simplemente es una ayuda, sin juzgarlos y accionando directamente sobre las condiciones, haciendo emerger y conocer la situación de miles de personas invisibilizadas en las sociedades de partida, de transito y de tal vez, arribo. 

Desde el confort de mi habitación en Oujda pienso, mientras llueve y hace frío, en los niños que están en la intemperie de los bosques y las diecisiete madres embarazadas que esperan, desde hace meses parir y cruzar. También se me viene al recuerdo el relato de mi abuela, que nació en un barco, cuando venía hacia Argentina con padres empobrecidos e ilusionados de Nápoles y sus seis hermanos. El presente se me aparece en mi condición de inmigrante en Europa y me pregunto ¿Qué buscamos?, ¿Qué nos lleva a emprender viajes que anhelan el encuentro de la utopía de una vida lograda y plena? ¿Qué hacen Eliana y Jorge (ó la enfermera y la médica española) que no están placidamente en sus lugares seguros y conocidos? 

Esto me lleva a ver que hay algo en común entre situaciones dispares: las de los inmigrantes sub-saharianos, las sociedades involucradas en su travesía, todos los que trabajan en organizaciones como MSF y los que leen las noticias del secuestro de la enfermera y la médica en Somalia. Eso en común está más allá de lo espectacular de las noticias del arribo de inmigrantes a las costas españolas o el chauvinismo de la preocupación si son o no compatriotas las dos mujeres secuestradas. La búsqueda y anhelo de una vida mejor, de otro mundo posible donde podamos convivir y compartir las condiciones básicas y dignas de la buena vida. Entre la búsqueda y la realidad, esta la acción y la reacción a las situaciones de cada parte. Sobre todo, el compromiso concreto de no reproducir el mundo que no queremos e intentar coherentemente en lo cotidiano y crear, por sobre todo, el mundo que deseo para mi-nosotros-los otros. Un mundo donde muchos mundos sean posibles.