El tango y sus mujeres: La espera

Fatma Oussaifi 

Su tanda favorita resuena de repente. Hacía más de una hora que estaba esperando. El baile estaba extrañamente vacío aquella noche, bueno...vacío de caballeros... de hombres. De repente uno se acerca y le cabecea. Ella responde por el mismo gesto lento y sutil, y sin precipitarse se levanta. Lo preceda hacia la pista bajo la mirada envidiosa de las que todavía sentadas revisaban de lejos el baile.

El tango es una música, un baile. Pero es también una manera de ser. El tango se toca, se canta, se baila pero también se observa, se siente, se sufre...y como lo dice el propio tango "la vida es un tango".

Yo misma siendo bailarina de tango, siempre me intrigo esta relación entre el bailarín y el baile, lejos de los "clichés" de pasión ciega, de relación casi carnal que muchas veces se asocian al tango y, según mi opinión, lo rebajan.

Más precisamente es la relación entre la mujer-bailarina y este baile que es muy borrosa, indescifrable y hecha de amor y de odio, de decepciones y de frustraciones que llega hasta el sufrimiento a veces.

Se entabla a menudo entre la mujer y el tango una relación que se puede comparar a la de una historia de amor entre un hombre y una mujer con sus altibajos, sus heridas, sus decepciones, su cotidiano pero también sus sorpresas, sus excitaciones y sus expansiones. Un hombre matizaría esto diciendo que los hombres también lo viven igual, yo diría que no, que ellos lo viven de otra manera, muy peculiar pero distinta. Y… ¡Honor al genero femenino en este texto!
Muy a menudo se escucha decir, por los más experimentados, que el medio del tango es un medio cruel. Y muy a menudo se les otorga razón. Otra vez muy lejos de todos los estereotipos que se pueden asociar al tango y de hecho se le asocian observándolo desde el exterior. Pienso, mientras escribo esto, en un afiche que cubre actualmente las estaciones de metro anunciando un espectáculo en gira por París en el próximo otoño y que me parece ser en este caso un ejemplo muy ilustrador. El tango es un atmósfera donde se mezcla toda una paleta de sentimientos que van desde los celos a la envidia, de la alegría a la decepción y donde el relacional se torna difícil por el espacio cada vez mas central que la danza ocupa dentro del baile, por su monopolio cada vez más grande de la atención y su absorción incesante de la energía. Es un medio lleno de códigos y de signos, y donde las relaciones se hacen muy sutiles.

La mujer en el medio del tango es un ser al mismo tiempo fuerte y vulnerable, por momento dejada de lado pero siempre imprescindible.

Visto desde el exterior, el tango parece un universo machista en el que la mujer no hace más que seguir y no toma ninguna iniciativa. Todo esto no es incorrecto, pero tampoco está lejos de ser totalmente verdadero. 

La mujer toma iniciativas dentro del baile y, en una mezcla de sensualidad, de sutileza y de fuerza, determina su lugar. Sabe que es indispensable y esto le procura una seguridad. Pero es el hombre que lleva la danza, es él que invita y ante esto la mujer debe inclinarse so pena de que no la saquen a bailar.

Lo que me dio idea y ganas de hablar de este tema, fue una expresión que una vez escuché en una milonga por ahí y cuyo lado humorístico, algo cruel, me pareció resumir en una ironía la condición de la mujer en el tango. "él" había dicho "un pincho" de mujeres sentadas en el banquito". "él" designaba evidentemente las mujeres sentadas en fila al borde de la pista esperando el final del tema para eventualmente ser sacadas a bailar. El termino "pincho" o "brochette" me pareció chocante al limite de la estupidez. Al principio me pareció altamente machista, luego me pareció patético, y al final me pareció cruel, pero resumiendo muy bien la espera de la mujer en el medio del tango por la cual yo misma pasé y todas pasamos en un momento u otro. 

Es por esto que me interesé por la espera de la mujer al ritmo del dos por cuatro, una espera nunca muy considerada, ni muy evocada en las conversaciones pero muy sentida en el baile.

Es también el hecho de describir el tango bajo otro ángulo, no forzosamente el de la estética bailada en un sin fin de performances, punto de vista predominante, sino mas bien del lado de la manera de vivir el tango para sentir los detalles de este mundo tan misterioso como sutil, y para darse cuenta de la manera con la cual se vive el tango, lejos de todas las exhibiciones perecederas par turistas 

de paso y en mal de exotismo (en falta....?). entender este ambiente tan particular de la milonga donde se mezclan jóvenes y menos jóvenes y donde la edad se torna en noción abstracta.

El tango conquisto ciudades y, bajo la forma de una milonga, se instaló cómodamente en sus noches de lunes con la misma facilidad que en un sábados donde el observador sorprendido descubre el mismo público incapaz de negarse unas vueltas por la pista antes del último subte. 

El tango son ambientes diferentes, más o menos luz, más o menos gente, gente diferente, más o menos jóvenes y distintas tendencia desde los más conservadores en traje y corbata hasta los y las rebeldes en pantalón militar y zapatos verde anís. Desde las milongas en las antiguas salas de baile, grandes y luminosas hasta las más íntimas improvisadas en garajes y con público selectivo y menos común.

En todos los ambientes y a pesar de sus diferencias más o menos sutiles un denominador común permanece. La espera permanece. La de las mujeres. De un rincón a otro, cambia. De la barra a los asientos alrededor de la pista, una copa o un cigarrillo en la mano, charlando o susurrando a penas el tango que resuena. A veces la espera se hace larga y la tira del zapato empieza a apretar. "Aquella noche había muchas mujeres y los hombres se hacen cada vez más esporádicos..." se escucha muy seguido. Algunas se atreven más allá de los códigos y, alegres, invitan a un tango a uno de aquellos chicos que no se terminan por decidir. La misma timidez que le impide decidirse le impide rechazar la invitación y dócil responde al cabeceo. Pero, no se infringen muy seguidos los códigos del tango y, muchos hombres, declaran no apreciar que una mujer les invite a bailar, sobre todo entre los viejos generalmente más puristas. Es por esto que se perpetúa la espera .

Hay que tener en cuenta que toda espera no es la de estar sacada a bailar, que toca tanto las bailarinas medias como las bailarinas confirmadas ya que estas son a veces víctimas de la espera a causa del miedo de parte de los bailarines no muy seguros de sí mismos de no estar a la altura. Es, pues la espera de estar sacada a bailar por tal o tal bailarín. Todos no son buenos y más se baila más una se pone exigente. Una mujer puede rechazar muchas invitaciones y mantenerse en la espera de un bailarín en particular, que venga y la saque a bailar. Es de esta manera que se forman las simpatías y las competencias que después generan los clanes.

La espera es nocturna como la milonga, empieza a la hora que empiezan oficialmente algunos bailes para terminarse con los primeros rayos del sol de la madrugada que es la hora a la se vacían otros. En las milongas que duran hasta tarde, por la una de la mañana un público parte y otro llega, el ambiente cambia con los que se vuelven con el último metro y los que empiezan la noche por el mismo y se altera la espera.

Viene otra gente, cambian los temas de conversación, y la gente cambia de aire. Muchos ambientes coinciden y se auto crean al ritmo de los tangos y en cada uno mujeres.

No las que enloquecen la pista, sino las que sentadas o de pie, miran, hablan, se ríen o se aburren, se fuman la última o soñolientas, miran la hora y deciden finalmente volver.