| Me dijeron que él, era una garantía |
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Noemí Hecker |
Naufragio. Había escuchado la explosión en el depósito de combustibles de babor, cerca de la sala de máquinas en la bodega y vio cómo el incipiente fuego devoraba las barandillas que bordeaban las escaleras de servicio del barco.
Se oyeron algunos gritos de dolor y sólo pensó en rescatar a sus compañeros de viaje, que estaban atrapados en el salón de música y recreación. De su instinto ancestral, sin saber cómo, le surgió el valor de atravesar las lenguas de llamaradas que rápidamente doblaban el recodo de la popa, hacia estribor donde había dejado a sus amigos, hacía apenas, unos instantes. El marinero de turno estaba izando la bandera de peligro y desde la cabina de comando, se hacían sonar las sordinas de emergencia.
Así como para sanar hay que perder la enfermedad, para rescatar hay que dar un salto al vacío, con la certeza de lograr el objetivo final porque sabía que la desorientación es la ausencia de destino. Claridad de pensamientos y de acción que buscaba la luz sin sentir dolor... sin miedos ni espantos. Y con un estoicismo digno de héroes, apresuró el paso. Empezó a experimentar el calor sofocante y la falta de aire. Pero siguió el camino seguro, con la firme convicción de lograr un final exitoso. Ya habían casi terminado la travesía. El barco estaba cerca de la costa. Las sirenas de auxilio retumbaban en sus oídos. La sangre se le agolpaba en los ojos. Pero aún veía a pocos metros la puerta semiabierta de la sala de música. Cuando llegó a su interior, comprobó que estaba vacía. Todos estaban en la cúspide de la popa, levantando los brazos en busca de auxilio, colocándose los arneses y ajustándose los chalecos salvavidas. Las barcazas de la prefectura naval, llegaron pronto para el salvataje. Los pasajeros comenzaron a transbordar hacia las balsas flotantes, arrojándose por el trampolín colocado por los socorristas. Al final, apresuró más sus pasos y se lanzó por la blanda pasarela. Miró el lujoso barco que empezaba a inclinarse, hundiéndose en las aguas cristalinas. El capitán, fue el último en abandonar la nave. Entonces pensó porqué había elegido realizar la travesía por el mar.
Más toda la información recogida por sus compañeros de travesía. En conclusión, le hicieron reflexionar sobre el barco de gran calado que se estaba hundiendo lentamente... en las cristalinas aguas: Sin salir del asombro, pensó: "Me dijeron que él era una garantía". |