Los ojos del enemigo

Didi Cazeres

"Aprender a ver a los demás es aprender a ver más allá de ellos, 
es ver de dónde vienen y a dónde van. 
De esta manera podremos entender quien es nuestro verdadero enemigo."

"¡Que bella ciudad la suya, señora!" Esa frase quedó retumbando en mis oídos durante días. Esa misma mañana escuché que políticos locales querían llamar a la gendarmería para que se hiciesen cargo de la seguridad de la ciudad, de esta bella ciudad colgada a orillas del mar, con sus paseos verdes y sus barrios residenciales, con brisa constante y ritmo pueblerino.

¿Qué realidad viven los unos y los otros? ¿Qué realidad vive esa añosa señora que declama potentemente que ya no se puede salir a la calle?

En el contraste, el visitante fortuito que sigue elogiando este sitio que se le presenta ideal, perfecto, y la señora angustiada repitiendo esa nefasta frase que me remite a muchos años atrás, la tajante puñalada verbal: que los maten a todos.

Los noticieros siguen diciendo que se han juntado miles de firmas para pedir que se militarice la ciudad porque con esta inseguridad en las calles no se puede seguir viviendo. 

Sólo ellos sabrán quiénes son los que comenzaron esa carrera al abismo, pero cuando los medios de difusión toman un tema como central se vuelve el eje y la referencia, se transforma en la verdad ineludible e innegable.

Salgo a la calle y me pongo a caminar hasta el anochecer. Lo hago siempre, todos los días, durante todo el año. Para mi es rutina caminar largas horas tanto de día como de noche, tanto en los barrios periféricos o como en los barrios céntricos. 

Intento comprender el miedo que arrastra a las personas a ver los ojos del enemigo en toda mirada no conocida. ¡Rapaz alimaña el miedo que carcome por dentro dejando a las personas vacías de humanidad! 

A quién le conviene ese miedo impuesto, provocado. Ese miedo manipulador, paralizante y destructivo. A quién le conviene que todos se encierren, se recluyan y se replieguen en sus pequeños mundos de confort?

En esta nueva sociedad donde todo está en función del consumo, los espacios públicos son subversivos. Son nocivos para los intereses económicos y para la codificación de las conciencias porque ellos son verdaderamente creativos. Basta ver el arte viviendo en sus paredes, el verdadero arte, el que no se bastardea, el de la contracultura.

En los procesos de subjetivación que esta sociedad del consumo nos impone, la calle debe de ser un espacio desértico donde habita el enemigo, el espacio de los marginales, los peligros, los que amenazan, los que quieren lo mío, aquellos a rechazar, quienes deben ser eliminados, los diferentes, los nadie, los indeseables. Qué hacen allí?

Lo correcto es que la gente insertada en los lugares adecuados, es así que se refugian detrás de los barrotes o detrás pantallas, desde allí si se puede ver y juzgar, analizar y llegar a brillantes conclusiones socio-políticas o socio-económicas. 

También habrá quien se ponga a hablar de la desidia de los jóvenes y la corrupción de las pandillas, mientras su propio hijo siendo consumido por el consumismo que a mamado desde su propia casa.

Habrá quienes se dediquen a escribir estadísticas y censos, porcentajes y proyecciones, donde las personas son números así como las calle son espacios a atravesar lo más rápido posible. 

Están quienes leen esas estadísticas y censos y se sienten maravillosamente brillantes e impecablemente actualizados viendo que todo esté en su lugar, sus niños y adolescentes, en el cyber o en el club. Sus esposas en sus casas o en el Shoping. 

La calle es el lugar de los "sin nada". Sin embargo supo ser el lugar donde se gestaron los cambios y las revoluciones. Donde las disidencias tomaron forma y donde la solidaridad es norma. Esto es algo que se sabe, se oculta y se disfraza. ¿Con qué?, con miedos y los espejitos de colores. ¿Qué es esa vida miserable que no les permite caminar libremente por la calle sino espejitos de colores?

Ese espacio, la calle, escapa a los determinismos y a la subjetividad dominante. Ese espacio es el temido por los controladores, por los que quieren que "cada cosa esté en su lugar y que no se mueva de allí". El poder transformador está en la calle, en la contracultura que hacen los chicos escribiendo en las paredes, construyendo "códigos propios". En ellos ven muchos a los ojos del enemigos pero no es mi caso.

Ese sitio: "la calle", es donde menos temo. Le temo más a las vidrieras y a las pantallas, a las rejas y a las alarmas, a las botas y las chaquetas. En la calle, en la vereda con los viejos árboles del barrio obrero, siento vivo un futuro distinto que sigue latiendo en el corazón de muchos de los "marginales" que la gozamos esa libertad.

Me cruzo con un grupo de jóvenes, recuerdo a aquella señora con sus miedos y no comprendo cómo puede ver en ellos a sus enemigos. Los ojos del enemigo están en aquellos que arrojan los valores humanos a la basura y no a los que comen la basura de los desechos de otros. Los ojos del enemigo hay que buscarlos en otro lado.

En la calle me siento libre y segura, para mi no es un peligro. Peligrosos son los que discriminan en vez de contener, los que piden botas y represión en vez de exigir lo que corresponde para todos. 

Hoy en día, después de haber vivido el horror de un genocidio, le temo sobre todo a los que hablan de militarizar esta bella ciudad colgada en la costa del atlántico, con hermosas sierras cercanas y un dulce aroma a rocío en las veredas de sus barrios.