Entre la India, China, Laos y Tailandia hay un territorio que hoy se llama Myanmar. Es el segundo país más grande del sudeste asiático con 678 000 metros cuadrados y 56 millones de habitantes compuestos por 135 grupos étnicos. Es un país pobre, aunque cuenta con muchos recursos naturales, que logró su independencia en el 1948 con el nombre de Birmania. Hoy en día en el mundo occidental la siguen llamando así, aún cuando desde 1989 se llama Myanmar.
La ex Birmania desde hace 45 años (1962) es gobernada por una junta militar encabeza por el general Than Shwe aplicando un régimen de represión a toda oposición política, y una fuerte censura no sólo a la prensa sino también sobre sus mismos habitantes. Aung San Suu Kyi, Premio Nóbel de la Paz en1991 conoce bien eso, desde el año 2003 ella misma se encuentra arrestada en su domicilio.
En el 1990 se realizaron elecciones parlamentarias que ganó la Liga Nacional Democrática (LND) el partido que lidera justamente la Premio Nóbel de la Paz. Pero la junta militar no estaba dispuesta a aceptarlo y anuló las elecciones. La palabra democracia no tiene ningún significado y el respeto por los derechos humanos no existe. Desde que se instaló en el poder, el régimen incendió 3000 aldeas en la zona oriental del país, en una operación de limpieza étnica de las minorías. Destruyó los suministros alimentarios y presionó a miles de habitantes para que se sometieran a tareas que equivalen a una mano de obra esclava moderna. Un millón de personas se vieron obligadas a refugiarse fuera del país y otro medio millón de refugiados internos siguen tratando de sobrevivir a duras penas al encontrarse fuera del alcance de la ayuda internacional.
En América Latina ya hemos conocido regimenes totalitarios similares, y también sabemos que cuando los militares quieren gobernar un país como si fuera una caserna militar, los resultados son siempre previsibles, un día u otro, el pueblo se revela, es lo que estamos viendo en Myanmar.
Myanmar es un país budista muy creyente y hay tanta cantidad de monjes como de militares. Todos conocemos la paciencia de los monjes budistas, pero cuando se pasan los límites de la tolerancia hasta los más pacíficos se transforman en leones. Tras la decisión gubernamental de aumentar el precio de la gasolina, el 15 de agosto de 2007, tanto la Oficina de Censura como la policía aumentaron al mismo tiempo sus controles y su represión. El 19 de agosto pasado, los monjes pegaron un grito al cielo, mejor dicho decidieron salir a la calle para protestar contra el aumento del costo de la vida, que directamente se había duplicado. El pueblo los siguió y, como es su costumbre, los militares volvieron a reprimir. Las calles se llenaron de nuevo de violencia y de sangre.
Pero los que pocos dirigentes de otros países quieren decir es que ese régimen dictatorial se mantiene gracias a la complacencia de China, prácticamente su aliado desde siempre. El cinismo internacional que ejemplifica Pekín, sometido a la única regla de las ventajas geoestratégicas o económicas, es el sostén principal de la junta militar de Myanmar. También tienen la culpa el desinterés del resto de sus vecinos asiáticos. La Asociación de Naciones del Sudeste de Asia (ASEAN) que está integrada por Brunei, Myanmar, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia y Vietnam conservan un silencio cómplice de las atrocidades que están pasando. .
¿Y qué hace Naciones Unidas por Myanmar? ¿Otra nueva resolución?... En los últimos 14 años ya adoptaron 29 resoluciones de este tipo en la Asamblea General de las Naciones Unidas y por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sin ningún efecto. Tal vez el problema no esté Myanmar, la ex Birmania. Tal vez el problema esté en la gran potencia que sostiene ese régimen: la China. ¿No es la China donde todos los países occidentales están apostando su capitalismo para solucionar los propios problemas? Parece ser que en nombre de los propios intereses nacionales bien vale la pena sacrificar al pobre pueblo de la ex Birmania.
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