Cuando la historia nos interpela

Juan Carlos Alarcón

Según el filosofo alemán Einfuhlung "el historicismo se identifica enfáticamente con las clases dominantes. Ve la historia como una sucesión gloriosa de altos hechos políticos y militares". Yo pensaría más bien que las clases dominantes tienen una prospección de "olvidarse" de muchos detalles de la historia. Los sueños de Bolívar de un continente grande y unido, trataron de enterrarlo en la mitad del siglo 20 con el panamericanismo que empujó EEUU, y que siempre trató de controlar el continente. 

En 1961, la Alianza para el Progreso buscaba mantener el control de toda América Latina. La promesa tentadora de distribuir en 10 años una ayuda de 20 millares de dólares, como prestamos públicos e inversiones privadas, imponía normas insólitas. Rockefeller, presidente del Banco Manhatan, sostenía el 22 de septiembre de 1967 en Río de Janeiro a viva voz, que "la ayuda privada extranjera era necesaria a la promoción económica de los países pobres" sin tener en cuenta las propias características de América Latina donde el problema no se encuentra en confrontaciones entre el capital público y el capital privado. 

Uno de los problemas generales, que tiene el continente latinoamericano, es que se mantienen precariamente sus economías locales solamente sobre la exportación de una o dos materias primas. Entre 1959 y 1963 se podía ver que los cereales, la carne y el cuero representaban el 44 % de las exportaciones argentinas. En Brasil, el café representaba el 54,2 % de sus exportaciones; en Bolivia el estaño era el 61,4 %; en Colombia el café representaba el 71,7 %; en Chile el cobre 66,3 %; en Uruguay la lana llegaba al 54,9 %; y en Venezuela la exportación del petróleo representaba el 91,9 %. 

Esta realidad, por sí misma, producía una alteración negativa en la balanza de pago, el agotamiento de las reservas y el desequilibrio de las finanzas públicas. La regulación internacional de los países ricos produjo entre 1958 y 1968, en el comercio mundial, que las exportaciones latinoamericanas disminuyeran bastante y que la situación se deteriora aún más en todo el continente. Pero no seamos ciegos, el empobrecimiento también se debió a la evasión de capitales, a la repatriación de los beneficios que efectuaron las grandes explotaciones de las riquezas del continente. 

Miremos un poco la historia de la relación que tuvo EEUU con respecto a la América Latina. Hasta 1930, EEUU invirtió en el sector de materias primas y en las grandes plantaciones agrícolas. Desde entonces repatriaron la mayor parte de los beneficios que esas inversiones le producían. Por ejemplo, en 1965, sobre las ganancias declaradas de 1160 millones de dólares, solamente fueron reinvertidos en el territorio latinoamericano 306 millones, lo que quiere decir es que se llevaron a EEUU 854 millones de dólares. La historia de cifras está inundada de ejemplos como ese. 

Las ganancias efectuadas por las empresas estadounidenses en América Latina son bien mayores que las realizadas en su propio territorio, según las estadísticas de la ONU, del Economic Survey y de la revista Fortuna. Por otro lado, la revista alemana Deutoche Aussenpomitik, en esa misma época, decía que la Standard Oil of New Jersey realizaba beneficios de un 11 % en los EEUU, mientras sus beneficios producidos en América Latina tocaban el 33 %. En 1948, la General Motors efectuaba ganancias de un 25 % en EEUU mientras repatriaba casi un 80 % de beneficios logrados en sus sucursales de AL.

Con esta política liberal de devastación de capitales, por supuesto, el continente no paró nunca de empobrecerse, mientras que los monopolios norteamericanos no se detuvieron nunca de enriquecerse. Las cifras son claras y crudas. Entre 1950 y 1965, EEUU invirtió 3,8 millares de dólares, mientras que el capital repatriado era del orden de 11,3 millares de dólares. Es decir 7,5 millares de dólares usufructuados en detrimento del continente latinoamericano.

Desde un punto de vista meramente económico se podría decir que AL no es un continente subdesarrollado sino desigualmente desarrollado, porque eso que caracteriza al continente son los contrastes extremos de la redistribución de sus riquezas entre los países así como, muchas veces, al interior mismo de cada país, y también entre los diferentes grupos sociales. América Latina siendo un continente mayoritariamente agro ganadero, hasta el día de hoy podemos ver que la mayoría de campesinos no tienen tierra y que, las grandes sociedades continúan a acaparar la mayor parte de las tierras cultivables y de las explotaciones agrícolas. Lo vemos actualmente en Argentina, con la exportación de la soja, donde los 13 millones de hectáreas sembradas pertenecen a solo una docena de explotaciones siendo la mayoría extranjeras. 

En la construcción de una economía social no se puede olvidar esa herencia que el imperialismo nos dejó, debemos construir una sociedad más justa o seguimos disfrazando simpáticamente las ideas liberales que, ahora, también desde Europa no quieren empujar.