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Tango |
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Isabel Sala |
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En una época se me había dado por aprender a bailar tango. Me apunté a un curso y en poco tiempo supe que no había que mirarse los pies mientras se bailaba. Supe que el tango era una danza mágica, siempre que el compañero tuviera la delicadeza de no reprochar nunca un paso mal dado o algún pisotón.
Conocía ya algunos pasos y jugaba a ser tanguera, cuando un muchacho me invitó a bailar; no era el primero que lo hacía, pero tenía la particularidad de no hablarme jamás, aún sin ser mudo; esto lo sabía yo, porque lo había oído hablar con algún amigo suyo. Me miraba con sus ojos enormes, en perfecto silencio. En esa época supe que no había que mirarse los pies mientras se bailaba, pero que había excepciones.
Habíamos bailado juntos algunas veces cuando descubrí que en cada tango él me llevaba por el salón escribiendo con nuestros pies lo que no me decía con la voz. Pensé que seguramente lo hacía desde el primer tango que bailamos juntos, pero no me atreví a preguntárselo, solo sonreí, y eso bastó para que supiera que lo había descubierto. Aún no era muy buena en este tipo de lectura, así que al comienzo tenía que concentrarme bastante para leer un simple: "Hola" "¿cómo estás?" o "Bailamos otro". Recuerdo que un día otra pareja que bailaba nos empujó y perdí el hilo de lo que estaba leyendo.
Yo jugaba a ser tanguera , pero como en el tango el hombre es el que lleva, le respondía con mi voz y alzando un poco la mirada. Me sentía orgullosa de nuestro secreto, incluso había adquirido cierta maestría en este tipo de lectura. Solía ser divertido, pues la gente que bailaba cerca de nosotros solo oía mis respuestas, pero nunca lo veían mover los labios más que para reír, y nos miraban extrañados.
El me miraba con sus ojos enormes y profundos, yo bajé la vista, tal vez con la intención de leer su respuesta; lo intenté durante varias piezas. No dijo nada, solo bailamos. Incluso, creo que un momento, él también bajó la mirada. |