EDITO

 

LA EDITO

Mientras Europa recibe con los brazos abiertos la llegada del italiano Berlusconi acentuando la derechización del Mercado Común Europeo, América Latina continúa a consolidar su sensibilidad humanista con la llegada de Fernando Lugo a la presidencia paraguaya. 

Para Europa se vaticinan momentos de crisis políticas, movimientos sociales en la calle y una inflación que ya comienza a sentirse en los bolsillos de la gente.

Mientras tanto, América latina está viviendo momentos de ruptura con los comandos mundiales de la globalización y creando la posibilidad de volver relativamente independiente al continente del comportamiento ultrajante y rígido del FMI y del Club de París. 

El problema de los próximos años será cómo gobernar la interdependencia del continente latinoamericano. Lo que se está haciendo en materia de inversiones a mediano y largo plazo, en infraestructura, en educación, en innovación científico-tecnológica.

Sin embargo, estos acontecimientos generan interrogaciones de cómo será la relación entre los dos continentes. Y, al mismo tiempo, de como evitar el contraataque al que se han largado los grupos propietarios del poder económico, apoyados desde los Estados Unidos que no quieren perder sus antiguos privilegios. Lo vimos con el impedimento de la reforma constitucional en Venezuela, con el sabotaje del intercambio de prisioneros en Colombia, con el intento de destabilización política en Argentina a través de un lockout de los productores de soja, y ahora lo vemos en Bolivia donde las multinacionales fabrican el golpe de Estado con el problema del hidrocarburo y de la reforma agraria. 

Vemos también como el capitalismo salvaje se reorganiza e intenta imponer su sistema de control transformando las fábricas, pasando a exigir la movilización productiva de toda la sociedad. Pero la precariedad actual ya no es el residuo del subdesarrollo, sino la base y el resultado mismo del desarrollo. 

América Latina a pesar del sostenido crecimiento económico de los últimos años, las tasas de desempleo, la precarización laboral, la pobreza y la desigualdad social siguen siendo muy altas en todo el continente. El crecimiento económico no fue acompañado por un progreso social equivalente, y es donde tendrían que apuntar todos los gobiernos progresistas en el futuro: buscar una mejor y más amplia distribución de la riqueza, inversiones en infraestructura, educación y desarrollo científico-tecnológico, mayor seguridad jurídica y una mejor calidad institucional.

Es el momento de clarificar lo que es la propiedad privada y la propiedad social, puesto que toda propiedad que produzca renta es una propiedad social y deberá ser tasada. Tampoco hay que tener miedo de movilizar las mayorías populares para defender la República, porque es la voluntad de vivir juntos para beneficios de todos, y no dejar que los grupos de poder económicos vuelvan a instalar en el continente "la democracia de hacer negocios" que, en definitiva, fue la teoría neoliberal de Friedman. 

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