El otro campo

Agustina Primo

El año pasado Argentina sufrió una crisis la cual mostraba una sociedad dividida en dos, por una parte el gobierno y por el otro el campo, la gente tomaba parte por uno o por otro sector. Era « el » problema social, político y económico que tocaba a « toda » la sociedad. Esta polémica se desató por la posible implantación del proyecto de ley que proponía un aumento del arancel a las exportaciones.

Huelgas, manifestaciones, cortes de rutas, conversaciones sin acuerdos, más huelgas y la discusión llegó al Congreso.

Finalmente la última palabra la tuvo el vice presidente de la Nación, Julio Cobos, quién con su voto definió el« no » a la ley. De esta manera, los señores del campo quedaban contentos. Pero al gobierno le costó algunas salidas importantes de su gabinete, así el problema parecía encontrar una salida.

He aquí que el problema del campo argentino no son sólo las exportaciones o los aranceles que suben o no, sino que es mucho más profundo y abarca a otra gente. Es una de las consecuencias de esta fiebre desatada por la exportación del oro verde.

El monocultivo de soja es lo que se practica en la casi totalidad de los suelos argentinos. Lo que para algunos sectores deviene riqueza y para otros la muerte.

Este monocultivo necesita extensiones a gran escala y el problema es que arrasa con las comunidades campesinas. El monocultivo de exportación desplazó a la lechería, maíz, trigo, lenteja, montes frutales, mandioca, batata, papas y se pierden las semillas criollas. Eso generó las primeras migraciones y desplazamientos de los pueblos campesinos y originarios en los últimos 10 años. La gente se mueve de tierra para poder sobrevivir en otro lugar pero no encuentra dónde.

Un campesino vende su tierra a los empresarios de la soja y ese cultivo afecta a la producción del pequeño productor de alrededor, porque la fumigación afecta a sus cultivos y mata a sus animales. Afecta a la salud del ser humano, destruye la biodiversidad para conseguir grandes extensiones de terreno, contamina ríos y arroyos, envenena los cultivos de los campesinos y se apropia de las tierras y de los recursos.

Los campesinos que no quieren vender su tierra son obligados a salir de ellas de formas violentas e inhumanas. « Nos agreden, nos queman las viviendas, destruyen nuestros cultivos... » Estas personas no tienen a quien recurrir, su voz queda aplastada contra la de los empresarios del campo. Son violaciones que no se ven y quedan impunes. Mientras las multinacionales se enriquecen a costa de la población.

Esta gente, que pertenece al campo, que vive en él y para él, ¿estuvo representada por algún sector en la disputa agropecuaria? Políticamente, se mantuvieron por fuera del conflicto rural de los últimos meses. No se sienten identificados por “el campo”, dicen, porque el problema de ellos no es la exportación sino la producción para la supervivencia.

Esta gente no fue representada ni por el « campo » ni por el gobierno. Nadie los mencionó en medio de esta polémica, mientras tanto son ellos quienes sufren las peores consecuencias de la riqueza del suelo argentino.

Mientras la mirada está puesta sobre el gobierno y el campo, aranceles o no, este « otro campo » sigue luchando por una solucion humana al problema de la tierra y si esto no se soluciona las consecuencias serán aún peores.